viernes, 20 de julio de 2018

LA CAJITA DE FÓSFOROS

Es curioso como en las tardes de primavera en las que, como en ésta, sopla una brisa suave con los aromas del trigo verde y la flor del almendro, el recuerdo que más nítido me llega desde los tiempos de la lejana niñez, no es el de mi madre ni el de mis abuelos, ni tan siquiera el de mi tío Daniel, que me enseñaba trucos de magia, me entrenaba para ser portero y dejaba que me encasquetara su gorro caqui de soldado cuando, siéndolo, venía de permiso… Más que a ninguno de los seres vivos o que al resto de los rincones de la casa, recuerdo la alcoba que había junto al pajar, la que primero fuera el dormitorio de Carolina y después, sólo por unos días, el tuyo.
Aunque lo habrás olvidado (si es que alguna vez lo supiste), Carolina fue la “muchacha” que ayudaba a mi abuela en las tareas de la casa y que, a la vez, nos cuidaba a mis hermanos y a mí. Pasados los años y, para ser sincero, reconozco que ni siquiera yo podría describirte los rasgos de su rostro, de tan borrados como están en mi memoria… Y, sin embargo, la recuerdo porque aún veo, cerrando los ojos, su vestidillo de todos los días: un babi blanco con diminutas y multicolores florecillas estampadas; rememoro con un escalofrío el tacto cálido de su mano, con la que me cogía para subir las escaleras de la cámara donde estaba ese cuarto suyo, junto al pajar y los trojes, bajo los “cabirones” de los que pendían las uvas y los melones… Y recuerdo, sobre todo, la risa alegre que, como torrente, me llegaba a través del tabique de madera, cuando en el cuarto se encerraba con mi tío Daniel.
La habitación tenía el suelo de yeso, enjalbegado como las paredes de tablas. Los palos del techo caían hasta casi tocar el suelo por el lado de la ventana: un ventanuco sin cristales desde el que se veían las últimas calles del pueblo, todavía sin asfaltar, y la carretera empedrada perdiéndose en el horizonte. Cuando, antes de conocerte, Carolina me subía con ella a su habitación, a mí me gustaba ponerme de rodillas junto a aquella minúscula ventana y ver, como en una película, todo lo que pasaba ante mis ojos. Ella, mientras tanto, me hablaba de cosas que yo no entendía y a las que no prestaba demasiada atención porque lo importante, en aquellos momentos, era sentirme allí, envuelto en los aromas de las frutas que pendían del techo, que emanaban de sus negros y rizados cabellos o que llegaban hasta mí, a través de aquel hueco sin cristales, desde los campos cercanos.
Carolina se marchó un verano, después de las fiestas. Aquel año, junto a las barcas para mecerse y los titiriteros sin carpa, había venido al pueblo un buhonero que tenía seis dedos en cada mano y que se hospedó en la posada de nuestra calle; mucha gente iba a verlo porque decían que curaba los males de espalda con sólo pasar sus manos y Carolina nos llevaba, a mis hermanos y a mí, a mirar cómo lo hacía. Quizá por eso, cuando supe que nunca más volvería, se me dio por pensar que se había marchado con aquel hombre y la imaginaba cogida de su mano con seis dedos, sentada en una silla de anea a la puerta de cualquier posada y curando a toda clase de tullidos.
Durante mucho tiempo, hasta que tú viniste, la alcoba permaneció vacía. Aunque cada mueble continuaba en su sitio y la cama seguía montada, el colchón de borra había sido enrollado y atado con una soga de esparto, en la zafa del palanganero se iba depositando una capa de polvo cada vez más tupida y las telarañas anunciaban la fortuna por cada rincón.
Un día, sin embargo, la puerta volvió a abrirse de par en par, el colchón se bajó al patio para que lo sacudieran, el polvo y las telarañas se quitaron a conciencia, el suelo y las paredes se enjalbegaron de nuevo y junto a la zafa, “limpia como los chorros del oro”, se pusieron un jarro con agua y una toalla de hilo… La alcoba sería usada de nuevo: Ibas a venir y aquél sería tu dormitorio. Eras la novia de mi tío Daniel. Os habíais hecho novios en la ciudad, durante su mili, e ibas a pasar con nosotros las vacaciones.
Llegaste con retraso, a las cuatro de la tarde, en el tren de las tres. Mi tío quiso esperarte solo y no permitió que nadie le acompañara a la estación, pero yo lo seguí, ansioso como estaba después de tantos preparativos. Desde el parque os vi aparecer cogidos de la mano; con una maleta él y una bolsa de viaje tú. Entonces os salí al encuentro. “Éste es Manuel –me presentó--, mi sobrino”.
Eras una mujer grande, mucho más alta que Daniel. Reías de una forma abierta y franca que se contagiaba fácilmente. Mirabas directamente a los ojos, con una mirada limpia que turbaba, y sonreías con ternura ante la turbación que provocabas.
Durante los días que permaneciste en nuestra casa anduve lo más cerca de ti que me fue posible: Me gustaba verte y escucharte; me encantaba que te fijaras en mí, que me hicieras preguntas, que me alborotaras el pelo con tus grandes manos. Pensaba en ti constantemente y al acostarme me costaba dormir. Cuando comprendí que por primera vez me había enamorado, anhelé ser grande para poder abarcarte con mis brazos, protegerte, mimarte y cuidarte como a una niña… Pero sólo la última noche de tu estancia me atreví a subir hasta tu cuarto. La puerta estaba entreabierta y me quedé mirando desde
la penumbra aquella habitación que ya me pareciera mágica cuando, tan sólo un par de años antes, la ocupaba Carolina.
Me viste y me invitaste a pasar. Lo hice tímidamente y, como si aún fuera el niño de antes, me arrodillé ante el ventanuco, tratando de vislumbrar las últimas calles, todavía sin asfaltar o la carretera que más que en el horizonte se perdía en la oscuridad. Tú, sin embargo, me tomaste de la mano y me hiciste sentar a tu lado; luego sacaste la maleta de debajo de la cama y, entre tus ropas, buscaste un paquete de tabaco. Me ofreciste un pitillo que yo rechacé avergonzado. “Guárdalo para cuando seas mayor”, me dijiste, encendiendo uno para ti, antes de darme también la caja de cerillas.
No recuerdo nada de lo que me dijiste aquella noche, ni de cuándo o cómo volví a mi cuarto, ni de qué ocurrió con el cigarrillo… Sin embargo, tantos años después, como el recuerdo del aroma de los melones y las uvas que pendían del techo, del trigo verde y la flor del almendro, todavía conservo como un tesoro aquella cajita de fósforos, en la que con mano infantil dibujé un corazón y con mi letra de niño escribí tu nombre.


Primer premio en la edición de 2018 del Certamen de Relatos "Cuando yo era niño", de Leioa.


miércoles, 20 de junio de 2018

ALONSO QUIJANO SE DESPIDE DE SUS LIBROS


Una vez más.
De nuevo una vez más, antes de partir,
pasea los ojos por los lomos de sus libros,
amigos que pueblan, apiñados, los estantes de su biblioteca;
títulos que se arrebujan, como si quisieran huir del frío
que los azota en los largos inviernos de La Mancha,
del aire gélido que golpea las ventanas,
de la helada que cristaliza los charcos de la calle,
la savia del almendro y el alma de las cepas.
Rocinante, junto al pozo del patio, espera;
ama y sobrina duermen; Sancho, el vecino,
aún no sueña con ínsulas, reinos ni monedas.
Los libros, sus amigos,
tanta aventura escondida entre las páginas,
la última caricia aguardan.
Los contempla y, con ternura, tal vez sea con tristeza,
se pregunta cuántos de estos quedarán
para siempre sin ser abiertos, cuando él se muera.
Cuántos no volverá a leer, pese a las ansias de hundirse
nuevamente en sus entrañas
y volver a ser, o creer serlo, un personaje más de sus andanzas.
No le preocupa saber quién les quitará el polvo
-ama, sobrina o criada-
quién los cuidará o dónde habrán de ir
cuando él se vaya...
No le preocupa. Lo que le entristece y le apena
es ser consciente de que ya no queda tiempo
de leerlos todos;
de que, cuando toma uno de ellos, y sus hojas pasa,
y su nombre, exlibris, ve en la primera página,
escrito con letra tan vigorosa y joven
(que ya casi no es suya),
piensa si será ésa la última vez que lo tenga entre las manos.
Relincha Rocinante.
El ama duerme,
La sobrina sueña.
Hay que partir a la aventura.
Alonso Quijano deja el libro en su sitio y le dice adiós,
sale al patio,
toma el rocín por las riendas y se aleja de la aldea
hacia un horizonte que clarea,
bajo un cielo sin estrellas.

(Poema ganador en la XII Certamen de Poesía "Entre nosotras" de Alcázar de San Juan - 2018).

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jueves, 14 de junio de 2018

PRIMER AMOR


El colegio estaba lejos de la Calle de Atrás; para llegar a él teníamos que andar lo que entonces me parecía una eternidad, descansando de trecho en trecho. Tenía una enorme puerta gris y un par de escalones en los que era fácil tropezar: Las señales de caídas eran parte de nuestro uniforme, como la verde cartera de Lupo o el cabás de las niñas.

Por dentro era un colegio oscuro, de aulas enormemente altas y vagamente tristes, pobladas de pupitres barnizados en los que aún no nos atrevíamos a escribir los nombres de nuestras amadas. Nosotros nos sentábamos a un lado y vosotras –las guachas- a otro. En el interior había un patio no muy grande, con un pequeño jardín y una morera a la que nos encaramábamos para despertar vuestra admiración (según dicen unos) o para hacer patente nuestro dominio sobre el grupo (según creen otros).

Aquel día llegué tarde a clase porque llovía. Porque llovía y porque me quedé fascinado mirando correr el agua por la cuneta de la carretera de Serradiel, frente a la huerta de Don Vicente… La lección ya había comenzado y cuando empujé la puerta –temeroso y aún con el abrigo puesto- os callasteis todos. Eran aquel silencio y aquellas decenas de ojos clavados en mí lo que me quitaban la fuerza y la osadía, así es que acepté con resignación mi castigo de pie en el rincón.

Empecé a observaros, levantando la mirada desde las páginas de la Enciclopedia, desde los dibujos monolineales que pretendían explicar los tiempos del verbo “comer”. Todos estaban pendientes de la explicación que el maestro viejo daba, apoyando su paleta sobre las palabras escritas en la pizarra. Sólo tú me mirabas. Y algo nuevo sentí dentro de mí por vez primera.


No eras como las demás: Tú no chillabas a la salida de clase, nunca te peleabas, siempre ibas bien peinada y llevabas el uniforme planchado; sonreías cuando estabas con las amigas, pero no te reías a carcajadas y yo empecé a admirar en ti todas estas cosas y a lanzarte miradas furtivas en cada clase, soñando aventuras en las que te salvaba de las garras de un león o de los brazos de un corsario.

Después de la Navidad empezamos a hacer juntos el camino que cada mañana nos llevaba a la lejana escuela. Éste, el camino, se hizo deliberadamente más largo y, de igual manera, los descansos más frecuentes. Nos sentábamos en cada escalón a charlar de cosas imprecisas o a jugar a las parejillas; y mirábamos, asustados, por la ventana de la caso donde decían que vivía la bruja; entonces callábamos, el corazón nos latía apresuradamente y, al menor ruido, cogíamos las carteras para correr prestos hasta la escuela, tras cuya puerta gris seguían encontrándose las aulas enormemente altas y vagamente tristes, pobladas de pupitres barnizados en cuya madera limpia me hubiera gustado escribir tu nombre.

miércoles, 21 de febrero de 2018

LO QUE ÁFRICA SE PARECE A ÁFRICA

Apenas hace unas semanas que he regresado de África, concretamente de Ghana, uno de esos países que, situado junto al golfo de Guinea, forman parte de lo que se conoce como el “África negra”…  Se le llamó así no por el color de la piel de sus habitantes, sino porque, inexplorada durante tanto tiempo, en los mapas se pintaban de negro todas esas extensiones de su interior en la que aún no se habían dibujado fronteras y en las que no se conocían países, ríos, selvas, pueblos que hoy podemos ver en los mapas pero que, seguramente, seguimos desconociendo.
Niña en el colegio de Nkontrodo con el mapa de África a sus espaldas


Poblado de Guabuliga
Lo primero que me sorprendió fue lo mucho que África se parece a África. Y no es un juego de palabras. Era la tercera vez que volaba a ese continente. La primera fue a Melilla, sin salir de España… La segunda a Túnez, que no deja de ser un país mediterráneo, como el nuestro, y del que me vine con la impresión de que los guías me habían mostrado una especie de parque temático en el que a los turistas se nos enseñaban palmeras a las que un hombre se subía a coger dátiles, en plan artista de circo; parajes desérticos en los que se rodó alguna película conocida, bazares en los que los precios estaban inflados para que pudiéramos darnos el gusto de regatear hasta que nos dejaran una chilaba por la mitad de su precio inicial, aldeanos que (con muy poco entusiasmo), nos ofrecerían dos o tres camellos a cambio de nuestra mujer, para que luego pudiéramos contárselo a los amigos; y la casa de una tía del guía a la que sólo nos llevaría a nosotros (era algo que nunca hacía), para que viéramos una familia beduina y tomáramos un té con ellos (luego nos pedirían una ayuda para los libros escolares del niño o para la medicina que había que llevarle al abuelo desde Europa o Estados Unidos).  Nada que ver con esa vida real de los tunecinos que cada día se iban a trabajar a sus talleres, oficinas, campos, tiendas o barcos de pesca, a estudiar al colegio o la universidad, al cine o a comprar en los centros comerciales… Y no estoy contando nada que no pase en España cuando a los turistas se los lleva a pasear por el Sacromonte en Granada, a que se hagan una foto junto a un burro cargado de botijos en Mojácar o se les haga cruzarse, “casualmente”,  con una tuna que recorre las calles de Madrid tocando sus laudes y bandurrias, y en la que los tunos son unos tunos que ya pasan todos de los cincuenta años.

La ciudad de Elmina
            
Así es que, como mi viaje a Ghana no tenía nada de turístico y sólo iba a ver gente trabajando en dispensarios médicos, hospitales, centros de formación y colegios, llegué allí convencido de que, salvando algunas diferencias culturales y económicas, me encontraría con un país más o menos parecido al nuestro o, en todo caso, a otros países situados en su misma latitud, como pueden ser Colombia o Venezuela. Y esa fue mi gran sorpresa: descubrir que África sigue siendo África y que, pese a la globalización y a la uniformidad que nos imponen las  multinacionales, todavía es posible encontrar el paisaje y el ambiente que nos han hecho llegar con las películas de Tarzán, que son las primeras que me vienen a la cabeza, quizá porque una noche, en Asikuma, me despertó el tantán de los tambores, que parecían llegar de la selva cercana o, días antes, no muy lejos de Walewale, entré a pie en el poblado de  Guabuliga, donde la gente vive en chozas de tierra con tejados de paja y utiliza los mismos recipientes y herramientas que aparecen en los libros de texto, cuando se estudia la prehistoria).

Consulta bajo el baobab
Tengo que confesar que sabía muy poco de Ghana cuando me comunicaron que ése era el país al que tendría que viajar, como castigo por haber ganado un premio de relatos. Sabía más o menos por dónde buscarlo en el mapa, que tiene costa y que antaño se había llamado Costa de Oro, que produce cacao, que su selección de fútbol siempre es de las que suenan y sorprenden en los mundiales, que hacen ataúdes divertidos para poder enterrar a cada uno con aquello que le gustó o le hubiera gustado tener…  Pero no recordaba el nombre de su capital, Acra, aunque alguna vez lo habría estudiado en la escuela, ni conocía el de ninguna otra ciudad. Cuántos habitantes. Qué idioma hablan. Quién lo gobierna. Cuál es su historia. Cuál su moneda…  Me di cuenta de lo poco que sabemos de algunos países, qué poco parecen importarnos… Para mí Ghana era sólo parte de esa mancha oscura, de esa parte pintada de negro en el mapa, sin fronteras precisas, sin ciudades, sin ríos ni lagos (y eso que en su territorio se encuentra el Volga)… Un país del que incluso en Internet resulta difícil encontrar  mucha información.


Sala de espera del dispensario de Walewale
Ya antes de viajar allí me informé de los proyectos que iba a visitar y supe que, para verlos todos,  recorrería el país de norte a sur, viajando primero a Walewale, en plena sabana africana y llegando al final hasta Elmina, ciudad bañada por el Atlántico, al que se asoman bellas playas tropicales de arenas blancas y esbeltas palmeras desde la que , hace apenas un par de siglos aún embarcaban, para llevarlos a América como esclavos, a los negros que eran capturados  o comprados no sólo en aquella Costa del Oro, sino en todo el centro de África. Aún se conserva y se visitan dos castillos cercanos, el de Elmina y el de Cape Coast,  en los que se hacinaban en las peores condiciones que se puedan imaginar y donde, padeciendo todo tipo de vejaciones, esperaban el barco en el que, si no habían muerto en los calabozos del castillo o en la bodega del barco, llegarían a tierras americanas para no regresar jamás.

Sala de maternidad. Hospital de Asikuma
Pero el primero de los lugares que visité se llama Guabuliga. Un poblado de chozas de tierra y techos de paja en el que, con herramientas primitivas, cultivan los campos y en el que, como en una extensión del dispensario de Walewale, se atiende la salud de la población que carece de medios para desplazarse hasta el pueblo. Así, mi primer contacto con el trabajo que se hace en plena sabana africana fue de verdad impactante: A la sombra de un árbol enorme, que bien hubiera podido ser un baobab, porque abundan en la zona, se reunían un puñado de madres con sus bebes que, en una báscula colgada de una de las ramas, eran pesados y medidos. Se trataba de hacer un seguimiento de su nutrición, a la que se contribuye no sólo facilitándoles alimentos, sino también formación porque como supe después, el problema de la nutrición de estos pequeños no es tanto por falta de comida (puede que incluso no pasen hambre), como por la pobreza de la misma pese a que, sabiendo utilizarlos, en la zona habría recursos suficientes para alimentarlos adecuadamente.

Junto al árbol, en una construcción relativamente reciente, se pasaba consulta y se facilitaba medicación para una población numerosa, mayoritariamente mujeres y niños, que esperaban pacientemente a ser atendidos por un personal que cuenta con más voluntad que medios. El pequeño dispensario dispone también de un par de camas en las que atender a los más enfermos, como una mujer afectada de malaria, que se encontraba “hospitalizada” cuando yo los visité.

El dispensario de Walewale es más grande, mejor construido y con muchos más recursos que su extensión en Guabuliga: Zona de espera más acondicionada, consultas separadas de la gente que aguarda, un pequeño laboratorio, dependencias administrativas, farmacia organizada y más camas para poder atender a quienes necesitasen ser hospitalizados unas horas.
Tuve la suerte de conocer allí a una muchacha de Burgos, que lleva veinte años, aprovechando sus vacaciones en el hospital en el que trabaja y en la universidad en la que da clases, para irse allí como voluntaria; me acompañó y me hizo de guía por el bullicioso mercadillo del pueblo; aunque Ghana en sí misma es una nación con tal cantidad de vendedores ambulantes,  que todo el país parece un mercadillo
Castillo de Elmina
Donde sí pude ver el funcionamiento de un verdadero hospital es en Asikuma. En realidad se trata de todo un complejo hospitalario que da servicio a una población de más de doscientas mil personas. Se trata de varios edificios en el que se atienden urgencias y consultas por especialidades: cardiología, otorrinolaringología (igual de difícil de decir en español que en inglés), oftalmología… Quirófanos, laboratorios, almacén de farmacia… Una sección de radiología. Salas de hospitalización para hombres y mujeres,  otra para la maternidad, alguna habitación individual para enfermos infecciosos, servicios de comedor, dependencias administrativas, talleres, lavandería… y hasta unas casitas en las que podían pernoctar los familiares de los enfermos que, habiendo venido de muy lejos no pudieran regresar en el día a su domicilio. Enumero todos estos detalles para que se vea la importancia del hospital, pese a lo precarios que puedan parecer su construcción, su equipamiento y los servicios que ofrecen al paciente,  si los comparamos con los nuestros. Puedo ilustrar lo que digo con un ejemplo: En una de las salas de maternidad, en la que estaban hospitalizadas las mujeres que habían sido intervenidas con cesárea, vi que entre las dos filas de camas, habían puesto unos colchones en el suelo, que también estaban ocupados por madres con bebes. Cómo no pude evitar lamentarme (lamentar que no criticar), la situación en la que estaban, me explicaron que esas mujeres se sentían muy afortunadas de estar en esas condiciones porque, si estuvieran en su casa, no sólo también estarían en un colchón en el suelo, sino que posiblemente compartido con el marido y algún otro hijo, en un habitáculo menos espacioso, menos luminoso y mucho más agobiante… Sólo entonces me di cuenta de la intimidad que puede proporcionar el estrecho pasillo que separa una cama de otra cama, si ésa es sólo para ti y para tu hijo. Cuando más tarde llegamos al cuarto (éste sí que individual), de la muchacha enferma de tuberculosis, la encontramos acostada en el suelo, sobre unos cartones… Le pregunté por qué estaba allí, si tenía una cama, y me dijo que porque estaba más cómoda en el suelo, que es a lo que estaba acostumbrada.
No se puede generalizar en base a un solo dato y menos si no se es especialista en nada… pero me pregunto si aparte de ser ésta una anécdota para contar no debería hacernos pensar hasta qué punto es mejor exportar  nuestros modelos que ayudar a la evolución y el desarrollo de los países a los que pretendamos ayudar.
Niños del colegio de Nkontrodo
De Asikuma viajé por carretera hasta Elmina. Las carreteras de Ghana son bastante buenas en general, por lo que yo he podido ver (siempre es arriesgado opinar de esta manera cuando se ha estado tan poco tiempo y apenas se ha conocido parte del país, aunque se haya recorrido de punta a punta). Muchas veces transcurren por medio de la selva… pero, no nos engañemos, no es lo mismo atravesarla en coche por una carretera asfaltada y con arcenes que por una senda en la que haya que ir abriéndose paso, machete en mano. Uno ve paisajes que lo llaman a la aventura y atraviesa poblados en los que le gustaría pararse a conocer… y apenas si le da tiempo a hacer una foto a través de la ventanilla, una foto que, en el mejor de los casos (si no sale movida), será sólo una imagen quieta en la que apenas se vislumbre la vida que bullía al pasar, y no puedan ni imaginarse los  sonidos y los olores que nos llegaban desde el otro lado del cristal.
Elmina es una ciudad junto al mar, de alguna manera algo turística (es el único lugar en el que vi hombres blancos, fuera de la capital), por sus playas buenas para el surf y porque a los occidentales nos gusta ir a visitar esos castillos que ya he mencionado, en los que a los esclavos, todavía sin amo, se les encerraba en sótanos inmundos, a las mujeres se las violaba y a los enfermos se les arrojaba al mar, porque ya eran mercancía estropeada… Nos gusta escandalizarnos y compadecernos, sabiendo que no fuimos  nosotros, que fueron los holandeses, o los ingleses o, en el peor de los casos, nuestros antepasados; pero nunca nosotros. La historia del siglo XXI aún no está escrita y, sin embargo, allí mismo, en la ciudad de Elmina también pude conocer un centro vocacional, que no era un centro religioso, como a mí me hacía pensar ese adjetivo, sino una especie de centro de formación profesional en el que a las niñas se les enseña un oficio (modista o cocinera), para que tengan la posibilidad de escapar de la prostitución. En Ghana se puede conseguir una muchacha a cambio de una “cocacola”. No sé si es demasiado duro como para decirlo así de claro… pero es que parece que viene a cuento con lo que estábamos diciendo de los esclavos. Y viene a cuento con lo que les estaba contando de los dispensarios, los centros nutricionales, el hospital… Porque luchar contra la prostitución también es luchar por la sanidad, por la salud de esas mujeres, de esas chiquillas que miraban a mi cámara con ojos de niña.


Y, para poner punto final a este relato, hablemos de algo que siempre resulta más agradable, como son los niños: El último de los proyectos que visité fue, precisamente, el colegio de Nkontrodo, que da educación y alimentación sana a unos quinientos niños de los poblados cercanos. Como estuve allí los primeros días de este curso, compartí su comida, visité sus aulas y los vi preparar las felicitaciones de Navidad que ahora estarán llegando a las casas de sus padrinos españoles, mientras yo escribo y mis recuerdos me llevan de nuevo a África, ese continente negro que tanto se parece a África.


Premio "Cuaderno de Viaje" del 
III Certamen Literario de Montserrat (2018)

jueves, 23 de noviembre de 2017

LAS PRIMERAS PALABRAS

El día que Fabiola le habló por primera vez, Sara Ramírez recordó la noche de su llegada al albergue y la angustia que, por un momento y pese a toda la experiencia acumulada, sintió al comprender que de nuevo sería testigo de los horrores que ya había vivido en Mozambique y en Colombia. Fabiola apenas había susurrado una frase en su oído, pero fueron aquéllas de mayo de 2008 las primeras palabras que, desde hacía meses, dirigía a otra persona.
Sara Ramírez evocó entonces la noche que llegó a Estelí y, al conocer a Martha Munguía, no pudo menos que recordar a Trinidad Bautista, con quien dos años antes había convivido en el corazón de Colombia, donde también había colaborado como psicóloga voluntaria en un hogar en el que se acogía a niñas que habían sido víctimas de la violencia doméstica, una forma de decir suavemente que habían sufrido abusos sexuales y hasta violación dentro de su entorno familiar, en el propio hogar. Desde luego, su anfitriona nicaragüense, pese a que no podía ocultar las huellas que el dolor había ido marcando en su rostro con el paso de los años, era más joven que la monja colombiana, a quien tampoco se parecía físicamente y, sin embargo, ambas mujeres sonreían con la misma ternura y tenían en los ojos ese brillo especial en el que ella, como psicóloga y por su propia experiencia, interpretaba como señales de decisión personal, de seguridad en sí misma, de conciencia tranquila y de nobles ideales.
Sara Ramírez miró a su alrededor a la vez que se percataba de lo poco, de lo muy poco que importan los nombres, los lugares, las edades… La mujer que tan efusivamente la había abrazado se llamaba Martha Munguía, pero podía haberse llamado Trinidad Bautista o Mari Carmen Aguado; vivía y trabajaba en Nicaragua, pero igualmente podría estarlo haciendo en Colombia o en Mozambique… Tenía 62 años, pero podía haber tenido 79 ó 36. Sara Ramírez ya había aprendido, como psicóloga y por su propia experiencia, que nada de eso importa cuando en tu camino se ha cruzado una niña de nueve años, que desde los tres está siendo violada en su propia casa por su padrastro, por su propio padre, por sus hermanos… porque tampoco importaba quién.
- Las niñas ya están durmiendo y, como tendrás que descansar del viaje, no podrás conocerlas hasta el almuerzo de mañana, cuando vengan del colegio.
Sara Ramírez asintió. Tendría tiempo de conocerlas a todas, de irse ganando la confianza de cada una de ellas  para que pudieran abrir sus corazones y dar salida a todo el dolor, a toda la amargura, a toda la angustia que el fondo de ellas estuviera torturándolas: sentimientos de culpabilidad, temores injustificados, confusión de miedos y deseos sexuales… Nada que fuera muy diferente a lo que había encontrado en la provincia del Maputo mozambiqueño o en el departamento del Tolima colombiano; nada muy diferente a lo que pudiera encontrarse en cualquier país del mundo, desde el más pobre al más rico, desde el más retrasado al más desarrollado; porque el mal se extendía por toda la tierra y por todas las capas sociales.
- Mañana las conoceré –asintió Sara, sabiendo que, salvo alguna que otra excepción, se encontraría con un puñado de niñas risueñas y dicharacheras, ansiosas de conocerla, de preguntarle si tenía hijos, si en su país se salía a rumbear, si le gustaba la cajeta de coco o la serie de televisión que en Nicaragua estuviera de moda en ese momento… Felices de que ese día, en el almuerzo, hubiera postre de las tres leches en honor de la recién llegada, a la que tratarían de coger de la mano, de sentir cercana. Niñas que en nada se distinguirían de otras niñas que pudieran estar jugando en la calle, en las puertas de sus casas, felices de saborear la melcocha y las hojuelas, dispuestas a ir a la piscina o echar a correr detrás de un carromato que anunciara la llegara de un circo… Niñas como cualquiera, salvo dos o tres que se mantendrían distantes y altivas, ajenas, desconfiadas; y alguna otra que, por el contrario, se mostraría temerosa y no se atrevería a acercarse a ella ni a las demás, que apenas si levantaría los ojos del suelo y se quedaría al margen de cualquier alegría como si no tuviera derecho a la risa, al juego, a coger la mano de la “doctora” o recibir sobre los rizos de su pelo crespo una caricia de la recién llegada…. Niñas como todas, salvo esas dos o tres y salvo que cada una de ellas, en algún rincón del alma trataría de esconder, incluso de sí misma, lo que nunca hubiera querido vivir, lo que sólo alguna noche, en mitad del sueño, reviviría en forma de pesadilla que le haría despertar aterrada, y la dejaría por unos días en el grupo de las que andaban cabizbajas y silenciosas, de las que habían perdido la sonrisa y el brillo de los ojos, el gusto por el juego y los dulces. Fabiola era una de ellas. Nunca había hablado con nadie. “Pero puede hacerlo –le informó Martha-; le habla en voz alta a las muñeca, cuando no se sabe observada
Sara Ramírez lo imaginaba, lo sabía como psicóloga y lo sabía por su propia y amarga experiencia: El dolor de no poder reír, el miedo a las caricias, las tristezas, las ganas de llorar y de dormir para siempre; todo lo que supone que tu propia casa se haya convertido en una cárcel; que el único lugar del mundo dónde puedes acudir cuando te sientes mal, cansada o hambrienta, asustada o sola, sea ese infierno; que ni siquiera seas capaz de imaginar que ese dolor pudiera no existir, de soñar un mundo donde las cosas ocurran de manera diferente… Y romper el silencio es el primer paso para salir de ese infierno, para iniciar un largo camino de recuperación, donde no falta el sufrimiento, pero donde empieza a verse la luz.
Todo lo recordó Sara Ramírez el día que Fabiola le habló por primera vez. Apenas había susurrado una frase en su oído, pero fueron aquéllas de mayo de 2008 las primeras palabras que, desde hacía meses, dirigía a otra persona y, aunque muy bajito, le preguntó “¿Cómo se dice tengo miedo?” Antes de contestar, Sara la estrechó fuertemente contra sus brazos, impulsada por sus ganas de abrazarla y para evitar que la niña viera las lágrimas que habían empezado a surcar su rostro.  
- Así, mi amor, así.


Relato ganador del VIII CONCURSO DE RELATOS Y VIAJES SOLIDARIOS "LO VIVES LO CUENTAS" FUNDACIÓN JUAN BONAL.

martes, 13 de septiembre de 2016

¿CUÁNTO VALE UNA HORCA?


     -¿Cuánto vale una horca?
     Me volví asombrado hacia el niño que acababa de hacer la pregunta. Apenas tendría ocho o nueve años; quizás diez, pero era muy menudo y aún parecía más insignificante con aquellos pantaloncitos cortos, tan poco usuales, tan pasados de moda como sus cabellos peinados con brillantina y, en los ojos, una mirada triste de foto de posguerra.

   Creo que tartamudeé al decirle el precio, todavía en pesetas, porque estábamos en el año 1998, en septiembre de 1998. Luego lo vi marchar, preguntándome para qué podría querer una horca aquel muchachito que parecía sacado de una película en blanco y negro y que, ante mis ojos, era zambullido por una muchedumbre que se apresuraba a buscar sitio entre las casetas cercanas, que ofrecían cerveza fría con la que refrescarse, gambas cocidas para hacerla más sabrosa, miguelitos de La Roda y chocolate de Tarazona para los golosos, sidra asturiana, queso de Villarrobledo y, sobre todo, bocadillos de chorizo o jamón con auténtico pan de pueblo, para recuperar fuerzas, hacer frente al resto del día y entrar con buen pie en la noche de la feria albaceteña.
     Posiblemente fue la única persona que se interesó por nuestros aperos aquella tarde… Eran muchos los que se paraban a mirar, movidos por la curiosidad, al tropezarse con aquellos artilugios tan poco usuales; pero no tantos los que se animaban a tomarlos en sus manos, tocarlos, hacer comentarios a los hijos, que quizás los veían por primera vez y, mucho menos aún, los que se decidían a comprar alguno, no para aventar la paja o rastrillar el grano sino, supongo, para colocarlos en cualquier rincón como elemento decorativo… Así que difícilmente hubiera podido imaginar que aquel niño volvería a interesarse de nuevo cada año, cada segundo sábado de septiembre y siempre sobre la misma hora de la tarde.
       Yo, por mi parte y desde muy pequeño, después de cada verano esperaba con impaciencia y alegría la llegada de la Feria de Albacete… Ahora, me empeño cada año en llevar a mis hijos, que se aburren soberanamente en cuanto agotan el cupo de atracciones a las que les permito subir, entiendo aquella ilusión infantil por lo extraordinario, por lo novedoso que para nosotros, los niños de aquella época, suponía… pero no termino de comprender qué motivos llevaban a mis padres y abuelos a volver año tras año con su carga de horcas y garrotes, de astiles para picos y azadas, rastrillos y demás utensilios del campo hechos con brotes de los almeces de nuestra tierra; porque nosotros, aunque yo nunca haya vivido allí, somos de Jarafuel, pueblo más manchego que valenciano, en el centro mismo del Valle de Ayora, pueblo de ricas huertas que riegan el río Júcar y los innumerables manantiales que nacen en los feraces montes que nos rodean, De los arbustos que sujetan las tierras en las terrazas que sembramos, se saca la preciada madera que, una vez cocida y torneada, ha hecho famosas las herramientas que aún se fabrican, tan conocidas y valoradas como la miel de nuestras abejas o los melocotones, el aceite y las almendras de nuestros secanos.
       Mis abuelos siempre se dedicaron a este negocio y de él vivieron hasta su jubilación.  A base de cocer ramas de almez, cocerlas, trabajarlas y luego venderlas por ferias y mercados, criaron a tres hijas, de las que mi madre fue la mediana… Luego la ocupación familiar ya no fue más que un pasatiempo para mi abuelo y para mi tío Luis, el mayor de sus yernos, que le ayudaba en un capricho que costaba más de lo que daba… Por eso, cuando fui mayor y consciente de que no se vendía ni un palo de escoba (y nunca mejor dicho lo de palo), quise saber el porqué de aquel empecinamiento en volver cada año a la Feria de Albacete. No encontré ningún motivo, sólo había una razón: que siempre lo habían hecho y lo seguirían haciendo mientras ellos vivieran.
         Cuando se murió mi abuelo y la familia se planteó no volver más, fui yo quien decidió apoyar a mi tío para que siguiéramos yendo en nombre de todos; así empezamos a hacerlo los dos solos, mi tío y yo. Los demás venían algún día, lo pasaban entero en la feria, comían y cenaban con nosotros en el puesto, mis hermanos y primos más pequeños jugaban a que vendían y se afanaban por despachar atentamente a quienes, llevados más por la curiosidad que por el deseo de comprar, preguntaban algún precio; luego, ya de madrugada, cuando se cerraban las casetas y echábamos la lona que cerraba la nuestra, ellos se marchaban y nosotros dos nos quedábamos a dormir allí, rodeados de todos aquellos bártulos que, más que traerme el recuerdo, me transportaban de nuevo a la niñez, al taller de mi abuelo, a mis pantalones cortos, a los juegos con mis  hermanos, a los baños en las balsas, las ranas, los grillos, las cenas de bocadillo en la calle, las largas tertulias a la fresca de una noche estrellada.
       La primera aparición del niño que quería comprar una horca había sido también el primer año que me quedé a vender. Al siguiente, en el mismo segundo sábado de septiembre, volvió a presentarse ante mí. Venía igual de serio, de formal; muy vestido de domingo, con una corbatita sobre la pechera de la camisa inmaculadamente blanca, y con unas enormes ojeras que hacían más triste sus ojos grises. No corría ni saltaba, no alborotaba como otros niños que, escapados de las manos de sus padres, se metían entre los puestos tocándolo todo... pero tampoco había nadie que pudiera decirle que se estuviera quieto pues, como el año anterior, de nuevo venía completamente solo y de nuevo se fue derecho hasta el montón de las horcas, las miró largo rato sin atreverse a tocarlas, luego las acarició despacio, las sopesó y por fin, tomando una en sus manos, se decidió a preguntar:
     -¿Cuánto vale una horca?
   Repetí el precio del año anterior, todavía en pesetas… Y él, como en aquella ocasión, la dejó cuidadosamente y se fue. Me hubiera gustado que me regateara, que me hiciese una contra-oferta, que me dieses pie a dejársela llevar por el precio que fuera, cualquier motivo para preguntarle para qué la quería… Pero se perdió entre la turba de gente que se iba en busca de los langostinos y las botas de vino, de las morcillas y los chorizos, de la noria y los caballitos, de las navajas típicas y las pelotas de goma, del tren de la bruja y la tómbola de caridad.
        Cuando tres meses después, víspera de las navidades de aquel último año del siglo, llegamos a Jarafuel, vi con sorpresa las horcas pequeñitas que mi tío hacía hecho. Las tenía amontonadas al tuntún y las estaba oscureciendo con nogalina, a la vez que les colocaba pequeños pomitos para convertirlas en perchas, en mini-perchas como las que últimamente, con forma de garrote, se vendían para colgar las llaves.
     -Son horribles –me confesó él mismo, cuando se percató de la cara de estupefacción con la que lo miraba trabajar.
   Y era verdad. Eran realmente espantosas, esperpénticas con aquel manojo de dedos retorcidos a uno de los lados.
    -Me las han encargado en una empresa –se explicó-, para regalarlas esta Navidad, junto a melocotones de Jalance, aceite de Teresa y miel de Ayora… Quieren ser originales y hacer la cesta con productos de la zona.
     -Pues se van a lucir –murmuré cogiendo uno de aquellos pequeños engendros y mirándolo detenidamente, como si me costara creer en su propia existencia.
Pero en el fondo estaba encantado y ya había decidido que una de aquellas horcas se iba a quedar sin adornos, sin dibujos de nogalina, sin pomitos… la iba a conservar tal y como estaba hasta la feria del año siguiente.
      … Y así me la traje conmigo. Por si acaso, sólo por si acaso el niño volvía también este año en el que los precios ya son en euros y nuevas atracciones, más modernas que nunca, rugen a mis espaldas, compitiendo con la música de los grupos de rock que empiezan sus conciertos en las carpas cercanas, con lo olés  y pasodobles que llegan lejanos desde la plaza de toros, con las charangas que recorren el redondel… Y sí, de nuevo, como cada año, en medio de un multitud abotargada por la digestión de los gazpachos, el sopor de la siesta y los vapores del vino tinto de la tierra, aparece él, por primera vez con pantalones largos, pero con la misma tristeza de siempre, con la misma soledad reflejada en el rostro, con el mismo miedo asomado a sus ojos. Le dejo hurgar sin precipitarme a ofrecerle la sorpresa que le tengo preparada. Y él repite todos los movimientos de los años anteriores, con el mismo cuidado y el mismo interés que si fuera la primera vez que se para en nuestro puesto, la primera vez que ve estos aperos, la primera vez que observa, sopesa, compara y por fin, escogiendo una, pregunta:
Fotografía de Chema Madoz. "Horca Perlas", 1997
     -¿Cuánto vale una horca?
     -Vale tres euros… quinientas pelas de las de antes –le digo-. Pero mira, tengo esto para ti por sólo cincuenta céntimos. Yo, mientas se lo digo, he sacado la horca pequeñita de detrás del mostrador. Se la enseño, pero él la mira sin interés.
   -No quiero una horca de juguete. Quiero una de verdad. Toma.
     Y al decirlo me tiende tres monedas relucientes, todavía nuevas, que ha llevado todo el tiempo apretadas en la mano.
      Se las tomo, estupefacto, y apenas me atrevo a murmurar mi pregunta:
     -¿Y para qué la quieres?
     -Es para quemarla.
    La coge, da media vuelta y se pierde entre el mismo gentío de siempre, entre la marabunta de los devoradores de gambas cocidas y de bocadillos de embutido, de sidra y chocolate, relojes de latón y navajas típicas, pelotas de goma y molinillos de viento, cuyas vertiginosas aspas de papel charol no alcanzan a tapar los cuatro pinchos de la horca que sobresale sobre todas las cabezas.
     -Está loco, no le haga caso.
    Me lo dice un hombrecillo que, por lo visto, ha sido testigo de la venta.
       -¿Lo conoce?
    -Claro que lo conozco. Aquí todo el mundo lo conoce. Es el hijo de Juan, el camionero, y se trastornó cuando lo de su padre.
No sé cómo preguntar, pero mi mirada debe de hacerlo por mí, ya que el hombre se apresura a explicarse:
      -Su padre tuvo un accidente de camión en Turquía.
      -¿Se mató?
      -No, atropelló a un niño. Y allí no se andan con tonterías: tal y como lo cogieron, en la misma plaza del pueblo, lo ahorcaron.



Accésit en el XXIX Certamen Literario Bustar Viejo, de Madrid (2005). Publicado en Internet por los patrocinadores del premio.
Publicado en Historias de Gente sin Historia (Editorial Acumán, 2006)